Elogiar al jefe, pelotearlo, es de cobardes. Adular hacia arriba es de mascotas. Es práctica común vivir pendiente del premio que el amo tenga a bien otorgarte por mover la cola con gracia. Ahí estamos casi todos, aunque no nos reconozcamos en una práctica que nos avergüenza por alejarnos del heroísmo de la verdad que nos agradaría practicar.

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