En tiempos de crítica ahogada, quizás porque Bartomeu agotó la bilis del entorno, seguramente porque Laporta es mucho más hábil para desenvolverse entre los medios, se trató de culpar a Leo Messi de su adiós del Barça. La tesis del pequeño dictador se deslizó convenientemente desde el club para justificar el divorcio, como aquel padre despechado que crítica a sus hijos a espaldas de la madre o viceversa, e incluso se dejó caer que sus lágrimas eran fingidas porque su contrato con el PSG ya estaba acordado de antemano. Pasados los años y siendo evidente que no ha habido reconciliación entre las partes, es obvio que el apego de Leo Messi al club de su vida está por encima de quienes lo gobiernan y tiene poco de simulado. Yo no sé ustedes, pero yo no me tatúo un escudo del Barça en la pierna para aparentar un falso amor. Y aprovechar el escaparate mundial de la gala del Balón de Oro para decirles a los parisinos que su querer verdadero es Barcelona tampoco parece ser la posición lógica de un tipo que no añora y reconoce el sitio donde se hizo la persona que es.
Un error insoportable