Luke Littler empezó a jugar a los dardos cundo tenía dieciocho meses, todavía no sabía hablar, gateaba, y su padre se los envolvía entre algodones para que los lanzara sobre una diana que había comprado por el equivalente de un euro en una tienda de todo a cien de Warrington, una modesta ciudad satélite de Liverpool en el norte de Inglaterra. Con tan solo seis años logró su primer 180 (la máxima puntuación), y con diecisiete es el campeón del mundo más joven de la historia.

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