Entrados en la fase decisiva de la temporada, al Barça de Flick, que así debemos llamarle porque el sello del entrenador alemán es incuestionable, ya no le quedan fieles barcelonistas por convencer. La pájara de la Liga es historia y será recordada como una anécdota propia de los equipos en construcción. Hoy, el conjunto blaugrana está integrado por un grupo largo de futbolistas fiables que ha asimilado la idea de su líder como propia. Los aficionados atónitos (para que me entiendan: ¿pero este es el mismo Raphinha que antes?, y otras preguntas en las que se reconozcan) han pasado de la sorpresa a la felicidad, al carpe diemal que los invita el Barça partido tras partido. Cinco goles al Valencia en Mestalla (Copa) y cuatro al Sevilla en el Pizjuán con un jugador menos (Liga) son la nueva normalidad. Ya se puede decir sin temor retroactivo que este equipo aspira a todo, y esa aspiración, a estas alturas de la temporada, es un éxito viniendo de donde se venía.

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