La decisión de suspender el partido Barça-Osasuna por la muerte de Carles Miñarro, médico del primer equipo, antepone los principios a los intereses y dignifica el criterio de los que la tomaron. Hace unos años, probablemente se habría apelado al perverso show must go on y a las dificultades logísticas de la competición. O –abundan los precedentes– al sacrificio épico de los jugadores y entrenadores que, en circunstancias dramáticas, prefirieron jugar a detenerse a digerir el impacto del luto.

Seguir leyendo…