Luis Enrique es ya el segundo español más querido en París después de Rafa Nadal, el rey de Roland Garros. Los elogios al entrenador asturiano han sido incesantes desde la aplastante victoria del PSG sobre el Inter de Milán. París levita de satisfacción por haberse roto el maleficio que parecía impedirle una plaza en el olimpo del fútbol europeo. Y Qatar, el paciente dueño del club, saborea el éxito que por fin, después de 14 años, premia la gigantesca inversión realizada y colma la ambición geopolítica detrás de ella.

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