Tadej Pogacar empieza a recordarme a Eddy Merckx, y esto no es un elogio –como sería lo lógico–, sino un sentimiento contradictorio, posiblemente antideportivo y un punto ruin: los deportistas que ganan continuamente, con aparente facilidad, sin emoción, terminan por parecerme unos tiranos de los que solo espero que un libertador les descabalgue (salvo que se llamen Nadal o Indurain, los nuestros).
Cuando ganar tiene penitencia…