Cada lunes, los hermanos Taiwo y Kenny colgaban por un rato las redes de pesca y se dejaban llevar: era día de partido. Vivían en Makoko, un barrio humilde de pescadores en el sur de la ciudad nigeriana de Lagos apodada la Venecia de Nigeria porque los vecinos se desplazan en canoas por sus calles inundadas. Tras trabajar de martes a domingo, todas las semanas de los hermanos empezaban igual. Ambos se subían a su canoa de madera y remaban hasta el único rincón no sumergido del barrio donde había un campo de fútbol. Allí se reunían una veintena de pescadores jóvenes como ellos. Pobres como ellos: con los brazos como cables de acero y la dureza de la vida marcada en los pómulos. Makoko era también resistencia. Como la barriada se había construido hace un siglo sobre una zona ahora valiosa, el gobierno de Nigeria había declarado el asentamiento ilegal y quería echar a sus 200.000 vecinos para hacer casas de lujo.
Hasta la derrota, siempre