Si no existiera habría que inventar a pilotos excepcionales como Max Verstappen, pura pasión, pilotaje ambicioso, salvaje, sin circunloquios. El neerlandés, al fin, encontró en Sepang, en un esperpéntico GP de Bahréin en Malasia que se alargó tres horas y media, el premio de la victoria a su excelente proyección desde junio, a su perseverancia y entusiasmo por ganar. 

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