En el año 1956 llegó la Superliga al delta del Níger. Hace casi 70 años, el paraíso terrenal al final del río Níger atrajo los ojos de medio mundo: se anunció el descubrimiento de una de las mayores reservas de petróleo del planeta. Dinero gratis. Aquella riqueza desbordante anunciaba entonces un futuro de desarrollo y esplendor. Ocurrió lo contrario. La primera vez que visité el lugar, no había nada. Entre manglares y palmeras, junto a una selva verde y callada, serpenteaba un río negro y muerto. El hallazgo de oro negro había sido una desgracia para sus habitantes por el vertido de millones de barriles de petróleo en la naturaleza por corrosión, mantenimiento deficiente de las instalaciones, robo o sabotaje. Es decir, el equivalente a sufrir 25 veces el desastre del Prestige, que en el 2002 llenó de chapapote las costas de Galicia. Miles de árboles y plantas habían muerto y los animales habían huido.

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