Estaban Melchor, Gaspar y Baltasar a punto de cerrar sus paquetes con toneladas de carbón. Nadie se iba a librar, ni el palco, ni el banquillo ni el césped. Pero entonces apareció el paje Gündogan, más gris que el cielo británico, pero que no rehuyó la responsabilidad cuando se había cumplido el tiempo reglamentario y evitó, desde los 11 metros, que su equipo no dijera adiós a la Liga aún con las uvas en el estómago.
Una bronca que funcionó a medias