Como la lluvia que se echa en falta para mitigar la sequía, el barcelonismo ansiaba una alegría con la que chapotear. Una fiesta que meterse en el cuerpo, de esas que dejan resaca. Y el aguacero cayó al fin. Necesitaban la afición y el equipo un partido con el que reencontrarse. Una tormenta de adrenalina para la reconciliación. Y sucedió. En la Champions, con una combinación de compromiso y energía descomunales, pero también, como si se tratara de una señal de tráfico gigantesca que dice por dónde tirar, con una aportación significativa de la Masia encarnada por los imberbes Lamine Yamal y Cubarsí y por un Sergi Roberto que salió de la nada para tomar el timón del equipo cuando este se desorientaba, recordándole conceptos esenciales que añadieron a la clasificación, el retorno a la élite europea, un mensaje adicional. El 3-1 que liberó los nervios fue una preciosidad. Lo firmó Lewandowski, pero el mentalista de toda la obra fue Sergi Roberto. Fue la noche tan fiel a lo que debería ser el Barça que hasta Montjuïc se pareció al Camp Nou, con reacciones reconocibles en la grada, nervios que se compartían de seguidor en seguidor y una celebración más natural que coreografiada.

Seguir leyendo…