Señales: que el día que se anuncia la muerte –seguro que quiso evitar el 18 de julio– de Fermí Puig el mundo sufra un colapso informático. Que los mismos que le negaron premios nacionales y otras distinciones se apresuren a desplegarle el tipo de alfombras rojas que, por ética y estética, detestaba. Que el día de su funeral, que en principio debía ser canicular, llueva a cántaros y que los que circulamos hacia el tanatorio de Granollers estemos a punto de matarnos dos o tres veces. Que su recuerdo inspire necrológicas emocionantes, incluida la del presidente Laporta, que, quizá porque habla de sentimientos y de comida y no tiene que hacer propaganda gaseosa, está especialmente inspirado.

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