El anciano Ibrahim había ido a la guerra contra el desierto y había salido vencedor. Su victoria era irrefutable: contaba su historia sentado en una alfombra bajo la sombra generosa de un árbol que había plantado él mismo. A su alrededor, se desparramaba un milagro verde. Decenas de árboles frutales, plantas de hojas tiernas, huertos de hortalizas y flores de colores se desplegaban en un oasis imposible en aquel rincón del sudeste de Mauritania donde la arena estaba viva. Cada año, el desierto avanzaba unos centímetros y había arrasado aldeas enteras. Las que resistían, en el borde de las dunas, habían colocado vallas de plástico, además de plantar árboles en el margen de las poblaciones, en un intento desesperado de contener el avance de aquel océano arenoso y mortal.
Raphinha ha vencido al desierto