Si el Santiago Bernabéu fuese un confesionario, este agosto todos los futbolistas del Real Madrid han purgado sus pecados. Tres partidos, tres victorias, diez goles a favor y dos en contra, dos goleadas en el estadio blanco con solvencia y momentos de buen juego, de aquellos de verticalidad y talento individual que provocan el regocijo de la hinchada. Pero, sobre todo, entusiasma entre la gente la sensación de equipo que ofrecen los de Mourinho: todos corren, todos juegan, todos regatean, todos se abrazan… El influjo del portugués, por el momento, es mano de santo. Ahora mismo el vestuario es una balsa de aceite cuando antes era un hervidero.

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