Hace dos años, en Whistling Straits, a orillas del Lago Michigan, Rory McIlroy, indiscutible líder del equipo europeo, rompía a llorar en el green del 18. Acababa de ganar su partido individual ante Xander Schauffele, maquillando lo que iba a ser la derrota más contundente de Europa jamás vista, pero sentía que había decepcionado a sus compañeros. No había dejado escapar ningún cheque millonario ni nada parecido, simplemente el equipo estadounidense le había robado algo mucho más importante: su orgullo. En el mundo del golf sólo la Ryder Cup es capaz de producir sentimientos así. Por eso es única.
Los porqués de la Ryder Cup, un evento único