Estadio Lluís Companys. El Real Madrid supera al Barça en el clásico. En el minuto 96 Vinícius es sustituido. Durante su camino hacia la banda el brasileño comienza a celebrar el triunfo efusivamente. Levanta los brazos, saca la lengua y se dirige hacia la parte de la grada donde hay aficionados blancos. El resto del público comienza a silbar. Un sector le insulta gravemente y así lo recoge LaLiga en otra denuncia (ya son doce) que ha interpuesto en los últimos cinco años por ataques racistas contra él. Antes de salir, el árbitro asistente insta a Vinícius a retirarse con mayor celeridad. El jugador pierde los nervios. “¡No me toques! ¿Estás loco? No me toques”. Carlo Ancelotti entra en escena. Le coge del brazo en cuanto cruza la línea y se lo lleva a tirones hacia el banquillo. “¡Estas loco!”, siguió clamando Vinícius fuera de sí. Esta escena, poco habitual salvo en partidos calientes, es el pan de cada día para Vinícius. Porque el brasileño, un regateador top, es amor, es pasión, dribling y alegría, pero también es provocación, soberbia y odio. Demasiado odio.
Vinícius, más odio que amor