Cuando era pequeño, dormía debajo de los Pirineos. En la pared junto a la litera de arriba, en la habitación que compartía con dos de mis hermanos, habíamos colocado un póster de los Pirineos, desde cabo de Híger al Cap de Creus. Cada noche, observábamos aquellas montañas con la ilusión de perdernos algún día en sus cimas rocosas. En aquellos días, mi ídolo era el alpinista Reynold Messner, no tanto por el qué –una bestia capaz de subir ochomiles como un titán– como por el cómo. Messner cambió la historia del alpinismo porque contagió su forma de entender las montañas y lo hizo con un estilo propio. Escalaba sin cuerdas fijas, por las rutas más difíciles, sin apoyos ni oxígeno: era él y la montaña. No fue el hombre que más cimas alcanzó, pero las subió como nadie hasta entonces.
Cruyff, Pep y Xavi para cambiar todo