No hay espacio para el romanticismo en el deporte, azotado cada día más por la lluvia de millones que llegan desde los desiertos árabes, capaces de acabar con cualquier tradición. Qatar ha albergado un Mundial de fútbol, los monoplazas de la Fórmula 1 visitan casi todos los emiratos y hasta un deporte con la tradición del golf ha caído de lleno en las garras del dinero saudí. Definitivamente, todo tiene un precio.
El poder de los petrodólares en el deporte se extiende de manera imparable