Jugadores descentrados, sin confianza y con miedo a perder. Muchos nervios y demasiada tensión. El Espanyol es hoy por hoy un equipo al que la presión tiene atenazado. Posiblemente no haya ayudado un cambio de entrenador que ha supuesto un viraje radical del modelo de juego. Siete jornadas después de la llegada de Luis Miguel Ramis, el equipo blanquiazul juega peor, crea menos ocasiones, dispara menos a puerta, marca menos goles y recibe casi los mismos. Frente al Burgos ayer, en el último partido de la primera vuelta, se dio otro capítulo de esa inestabilidad. Remontó hasta tres veces para empatar un partido en el que fue peor que su rival. Pese a todo, dormirá cuarto en la tabla.
Un Espanyol desesperado rescata un punto contra el Burgos