Ayer los Reyes Magos certificaron una sublevación. Tras años de acuerdos previos a la noche mágica, este año los monarcas decidieron saltarse la diplomacia y trajeron a casa dos regalos inesperados y discordantes: una pistola de balas de espuma y un estuche de maquillaje. Hasta ayer, las armas de juguete y los atajos de la infancia con rímel barato habían sido una línea roja. Mil veces no. Evidentemente, la insubordinación fue recibida con entusiasmo por mis hijas que dejaron de lado el lego, los libros y las pinturas de colores para abrazar la novedad con ilusión subversiva. Pocas veces dos niñas maquilladas han replicado tan fielmente la guerra de Vietnam en un comedor.
Maquillarse para ir a la guerra