Vete a saber por qué demonios, en esta fase de la era de la información o, si queréis, de la historia de occidente, eso de revisitar figuras célebres o episodios del pasado más o menos reciente y, acto seguido, aprobarlos por los pelos o suspenderlos, parece que esté muy en boga. Quizá es por la creciente accesibilidad de las hemerotecas. De hecho, la red cumple muy bien la misma función de mantener despierta y accesible la historia más próxima. Últimamente han coincidido en estas páginas dos brillantes denuncias de este tipo de revisionismo interesado. Por una parte, el viernes, Sergi Pàmies criticaba a un estudioso norteamericano por hacer un rendimiento de cuentas absurdo a la figura de Albert Camus. “El disentimiento mequetrefe que analiza el pasado aplicando criterios actuales tiene muy buena prensa”. De la otra, el jueves, Josep Martí Blanch ensayaba una posición de compromiso a la hora de pasar revista a la gestión pública de la pandemia de la covid: “Quien pretenda convertirse en un sheriff de las decisiones médicas de entonces no es más que un mezquino”.

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