Hace más de una década me dejaron entrar en la cueva del tesoro. Yo era un periodista joven, que acababa de instalarse en Johannesburgo con más ganas que cabeza y recibí una llamada de Verne Harris, jefe del centro de memoria de la Fundación Nelson Mandela. Semanas antes le había entrevistado y Harris, que rozaba los sesenta, quiso lanzar un cable a un chaval que tendría la edad de sus hijos. “Estamos poniendo orden a los recuerdos de Madiba, vente a echar un ojo”.

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