Eramos tan pequeños que ni siquiera intuíamos que éramos felices. Pero vaya si lo éramos: Amama había preparado macarrones. Nos sentábamos todos los primos alrededor de la mesa del terreno, nuestro refugio durante los largos veranos de la infancia, y cuando ya nos empezábamos a pelear por quién se quedaba el tenedor del Hombre de hierro o el cuchillo de Spiderman, aparecía nuestra Amama, como todos llamábamos a mi abuela materna, con la bandeja de macarrones y empezaba la felicidad. Qué buenos estaban sus macarrones.

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