El prestigio es un atributo muy deseado que se cocina a fuego lento y se esfuma bruscamente, a menudo sin previo aviso. No sé si es exactamente el caso actual del fútbol español, donde esta pérdida de prestigio galopante quizá ya se veía a venir. No así durante los años dorados de la Liga de Messi contra Cristiano, cuando el talentoso y exuberante jugador portugués intentaba sin demasiado éxito hacer sombra al prodigioso argentino. Los clásicos y las batallas en Europa sumaban puntos al exclusivo carnet del prestigio. A la espera de que aparezca Kilian Mbappé por el paseo de la Castellana, ese mismo carnet ha ido perdiendo puntos, a pesar de los esfuerzos de Lewandowski, Bellingham, Griezmann o Vinícius.

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