Al plenipotenciario Sepp Blatter, presidente de la FIFA entre 1998 y 2015, se le solía conocer como el Papa del fútbol. Allá donde iba era recibido por presidentes de gobierno y jefes de Estado, que le ponían la alfombra roja, entre galas glamurosas y suculentas viandas. En la mano del dirigente suizo una red de posibilidades jugosas que pivotaban en torno a la gallina de los huevos de oro, léase la concesión de los Mundiales de fútbol. Pero también las ayudas económicas a países menos desarrollados le servían al ambicioso Blatter para tejer una red de influencias y apoyos que le valían para perpetuarse en el poder. Pero todo se le empezó a torcer con la concesión, repleta de sombras y sospechas, de los Mundiales a Rusia y Qatar. Si hasta el torneo cambió de fechas y se acabó disputando por primera vez en la historia en invierno en pleno desierto. La riada de millones y de supuestos sobornos estuvieron a la orden del día.
Mucho dinero, mucha corrupción