La eliminación del FC Barcelona en manos del PSG no deja tras de sí un páramo emocional ni desperfectos irreparables como en otras ocasiones (léase la catástrofe de Lisboa). En los últimos meses ha brotado un proyecto de equipo que ha sido capaz de llegar hasta los cuartos de final de la Champions League y competir de igual a igual con sus adversarios, meta que se había planteado como objetivo al principio de la temporada y se veía imposible durante alguno de sus tramos. El final de la aventura europea tiene pues cierto sabor a inicio, y no estropear esa sensación es la obligación del club a partir de ahora. El balón que poseía Xavi está en el tejado de Laporta. La directiva debe mejorar las prestaciones futuras del equipo con una gestión que alberga dudas tanto económicas como de capacidad. Las decisiones tomadas durante estos tres años no han sido las mejores. La opacidad y la improvisación han pasado de preocupantes tics a patrones habituales de comportamiento.

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