Esta sí, esta no, esta me gusta me la como yo”. Eran los tiempos del bakalao y el deshojar de la margarita que cantaba Chimo Bayo en su himno a la drogadicción refería al tipo de sustancia que uno escogía para empastillarse. Una metáfora del ritual de ingesta de drogas que permitía saltar de garito en garito con energía suficiente para alargar la fiesta desde la noche del viernes hasta el mediodía del domingo. A los pastilleros se les reconocía por bailar con un botellín de agua en la mano. Lo exhibían con devoción para dejar bien claro que se trataba de tipos que estaban a la última por haber renunciado al alcohol, el estimulante de los viejunos, en favor de los alucinógenos de laboratorio que marcaban la frontera a partir de la cual daba inicio la modernidad.

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