Cuando se vestía de corto, Xavi Hernández saltaba al campo con un compás en la mirada y mil ojos en los pies. Como jugador se hizo eterno por su toque elegante y su capacidad de mimar la pelota incluso en mitad de un bombardeo de napalm. Ayer, en el último instante, ese toque refinado de futbolista regresó para salvar la cara del club.

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