El Mundial del 2006, celebrado en Alemania, resuena en la memoria de los anfitriones como un espacio y un tiempo maravillosos: cuatro semanas de partidos, fiesta y alegría, que enviaron al mundo la imagen de un país transformado, menos amenazante, más amistoso, y más reconciliado consigo mismo y con su terrible pasado. Incluso ondear la bandera alemana tricolor (negro, rojo y oro), que hasta entonces era visto como una expresión de nacionalismo grosero y sospechoso, y que se prefería reservar para edificios y actos oficiales, se convirtió en cosa normal en bares, coches y ventanas.

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