Quizás el tiempo no pasaba tan deprisa entonces, pero yo me relamía con aquellos segundos eternos, que llenaban lentamente los minutos, luego las horas y finalmente se petrificaban en días interminables. Yo entonces no lo sabía, porque me podía la ansiedad, pero en aquella paciencia impuesta residía parte de la felicidad. Cuando era un chaval de 8 o 10 años, los veranos de Eurocopa, Juegos Olímpicos o Mundial eran un anhelo que empezaba antes de que terminara el colegio y tenía días de maduración: jamás el tiempo pasó tan lento como ese espacio vacío entre el final de las clases y el inicio de un maratón de deporte televisivo. Pero aquella pausa me enseñó a soñar. A imaginar quién sería el próximo campeón, a descubrir en los periódicos a nuevos futbolistas que apuntaban a estrellas de la competición, y a comentarlo con mis amigos con aires de analista de fútbol internacional.

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