El Tour de Francia parte del corazón de Florencia, paseándose por el Duomo, por la Signoria, por el Ponte Vecchio, impregnado de la emoción de Jonas Vingegaard, al que se le humedecen los ojos cuando le preguntan por la sensación de volver a ponerse un dorsal, el 1, ni más ni menos, porque es el defensor del amarillo. El danés, doble campeón, se acuerda de los 12 días que estuvo en el hospital de Vitoria, de lo que ha sufrido por estar en la salida después de su accidente en la Itzulia en abril. Por fin vuelve a competir, aunque sabe que su preparación no ha sido la idónea, y ni siquiera él sabe cómo rendirá en el momento de la verdad. “Es bonito estar aquí. Es algo verdaderamente emotivo para mí”, dice acordándose del sufrimiento.

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