Unos ingleses se quejan de que han subido a pie hasta la colina del precioso (y turístico) barrio de Montmartre para que no les dejen entrar en la Basílica del Sacré-Coeur. La más joven de los cuatro (aparentemente familia) lleva solo la parte superior de un bañador con un pareo que le cubre las piernas. Hace un calor asqueroso en París (40 grados) pero las restricciones en la iglesia son sagradas. Y la chica no puede entrar en bikini pese a cascarse 150 metros por calles empinadas hasta aterrizar en la puerta de entrada del Sacré-Coeur, Y no entran, no. Voy detrás y, como ni puedo ni quiero enseñar cuerpo, no soy ningún problema para la seguridad. Accedo a la iglesia. Hay media entrada en la misa de las seis de la tarde pero (casi) lleno en los pasillos que rodean la nave central. Pasean por la zona un grupo de miembros de la familia olímpica que frenan en cada una de las capillas existentes: Notre-Dame de La Mer, Saint-Vincent de Paul, Sainte-Ursule y la de San Ignacio de Loyola.

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