Thierry Henry nunca fue un personaje cualquiera. Ni dentro del campo, cuando se convirtió en un delantero extraordinario. Ni fuera cuando tomaba la palabra en el vestuario o frente a los medios. Antes de venir al Barça investigó qué se cocía dentro del club y, cuando llegó, un año más tarde de la cuenta, ya se había informado en algunas entrevistas, una de ellas con este diario, sobre la idiosincrasia barcelonista. Siempre quiso saber el terreno que pisaba y siempre desprendió carisma. Un carisma que ha empleado como una varita mágica para conducir a Francia como seleccionador olímpico a la gran final de este viernes (18.00 horas) en el Parque de los Príncipes. Su Francia es el último obstáculo que separa a la España de Fermín del oro en un ambiente que se prevé electrizante.
España, contra los “locos” de Thierry Henry