Después de enseñar la ciudad al mundo en una ceremonia de apertura aventurera y controvertida (el arte por definición no puede agradar a todo el mundo), París regresó a su estadio más emblemático para decir adiós a sus Juegos de forma más recogida con una clausura con pocas dosis de emoción y mucho futurismo. Fue lo de menos. Escogida la capital de Francia como colchón de seguridad por el Comité Olímpico Internacional (COI) con la excusa del centenario (París 1924), la sensación de haber acertado con la sede no solo la tenían los responsables del COI, sino también todo aquel que ha vivido de cerca la competición durante estas dos largas semanas. El deporte ha triunfado, la seguridad no ha sufrido sobresaltos, el público local e internacional ha respondido y de la organización se ha hablado poco, si acaso para alabarla. Más allá del fallido experimento de integrar el Sena como afluente olímpico, los Juegos han sido un gran spot que resitúa como capaz de lo mejor a París y a Francia, y por extensión a Europa, continente viejo pero aún con latido. En la recta final del espectáculo, el testigo lo recogió la ciudad de Los Ángeles, sede de los Juegos en 2028. El listón parisino vuela muy arriba, hasta el punto de que EE.UU. y su estrella Tom Cruise, protagonista de la parte final del espectáculo , deberán metamorfosearse en el súper saltador Duplantis para franquearlo. ¿Misión imposible, Tom?
¿Misión imposible, Tom?