Cuando se basa en hechos reales, la propaganda es irrefutable. El éxito de París como sede olímpica es una prueba monumental de ello. Los recelos iniciales provocados por la inauguración se esfumaron cuando, en medio del diluvio, el pebetero se elevó con poética nocturnidad y Céline Dion cantó, desde la torre Eiffel, L’Hymne a l’amour . Tras años de polarización y dilapidación autodestructiva del legado republicano, Francia debió de intuir que tenía que aprovechar desesperadamente la oportunidad olímpica para rearmarse en una autoestima que siempre se ha basado en la exageración de su propia realidad. Para que este milagro sea posible ha hecho falta que los parisinos más puñeteros huyan de la ciudad –pasó en Barcelona– y que un turismo de cartera acorazada lidere el relato de la percepción.

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