Nunca pasa nada, y cuando pasa, tampoco pasa nada. Entre tanto estímulo diario, cualquier cosa, por grave que resulte, tiende a caer en el olvido con cada nuevo amanecer. A los protagonistas de las noticias desagradables les basta, normalmente, con desplegar el paraguas y esperar tranquilamente que amaine. Pasado el nubarrón, vuelta a la normalidad y a vivir que son dos días, tres a lo sumo.

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