Eso es ganarle al Madrid en el Bernabéu. Hay copas en el museo del Barça de las que nadie guarda recuerdo alguno. Competiciones menores que exigieron mérito y requirieron esfuerzo, sí; pero con un impacto muy menor en la memoria colectiva de la afición culé. Vencer a los blancos en su santuario es cosa distinta. Con independencia del devenir de la temporada, saquear el campo del Real Madrid tiene siempre el efecto de un pastel de marihuana a media digestión. Los optimistas, pesimistas y cenizos de la orla azulgrana coinciden por una vez y durante un tiempo en la carcajada alegre incontrolable. Y esos son momentos que a la fuerza han de perdurar. Pasarle la mano por la cara esta noche al equipo de Florentino Pérez equivaldría a un antes y un después. Antes: el empuje y la calidad de un equipo insultantemente joven que dirigido por un entrenador tan inteligente como práctico ha renovado la ilusión de su afición a base de juego y resultados. Después: la confirmación de que nada nos asusta y que ante las facilidades que hacen cómoda la vida del rico, el pobre –nosotros– siempre podrá plantar cara con el hambre que empuja a morder y a correr más que el contrario.

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