Recuerdo hasta el color del papel. Yo debía de tener siete u ocho años y me levanté de la cama de un salto, con motivo: era el día de Reyes y los regalos esperaban en el comedor. En cuanto abrí la puerta, la vi en un extremo del sofá. Entre otros paquetes envueltos, cuadrados o rectangulares la mayoría, destacaba uno totalmente esférico en una esquina. No había duda: era una pelota. Arranqué con ansia el papel de color azul con estrellas plateadas y la abracé con ganas. Quizás antes había chutado otras, pero aquella era diferente. Era mi primera pelota de cuero. Mía. Blanca con octágonos negros, como mandaban entonces los cánones antes de que los balones se llenaran de dibujos extraños y mil colores, aquella pelota se convirtió en una extensión de mí durante muchos años.
Y 125 años más