El pasado 16 de julio, sin dejar reposar el éxito de la selección española en la Eurocopa, el Real Madrid presentó con toda la pompa a Kylian Mbappé, fichaje perseguido por el club blanco durante años (siete, desde el primer intento) que entroncaba con el lado más genuino de Florentino Pérez en forma de rebrote galáctico. Bendecido implícitamente como sucesor de Cristiano Ronaldo, aunque con más retraso del previsto, la operación encajaba con el dicho “a rey muerto, a rey puesto” y buscaba un impacto mundial de carácter mercantil ligado indefectiblemente al rendimiento del francés en el campo. Mbappé se besó el escudo aquel día, su madre lloró a lágrima viva y Florentino tildó la jornada de histórica ante un Bernabéu abarrotado con 80.000 espectadores. El madridismo abrazaba a Mbappé y se esfumaba el resentimiento por sus sucesivos plantones.

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