Apenas unos días después de que el presidente federativo Rafael Louzán sorprendiera con la idea de llevar el torneo a Arabia Saudí, supuestamente para apoyar el fútbol femenino, la Federación (RFEF) quedó señalada otra vez por la chapucera gestión de la Supercopa de España. La competición, oficial desde el 2020, lleva años marcada por la falta de organización y garantías económicas para los clubs. Unas lagunas imperdonables en un torneo profesional que se elevaron a la categoría de bochorno en la semifinal de este año entre el Barça y Atlético, sin VAR hasta el minuto 70. Nada que ver con su homóloga masculina, un derroche de efectivos sostenido por la lluvia de millones llegados del desierto árabe.

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