Desde que las temporadas rondan los 60 partidos, el éxito de los equipos grandes depende en gran medida de su segunda unidad, también llamada fondo de armario desde que la frontera entre suplentes y titulares se ha ido diluyendo y su mera pronunciación incluso puede herir sensibilidades de los jugadores más susceptibles. Entre sus muchas virtudes (todas, menos elegir portero), Hansi Flick maneja con extraordinaria habilidad el minutaje de sus futbolistas, dejando claras sus preferencias, pero mimando a los menos habituales hasta el punto de hacerlos sentir importantes. Ese equilibrio, más allá de la táctica, en la que el alemán está resultando ser un estupendo revolucionario, suele ser el desafío más complicado de sostener en vestuarios de primer nivel. Los egos son terribles ahí adentro, incluso tipos de apariencia y carácter adorables se transforman en boicoteadores de caseta cuando se sienten ninguneados, sea justo o no su ostracismo.
El ‘todos a una’ de Flick