San Mamés impresiona. Las gradas, incluso vacías, imponen respeto. El estadio parece tener alma propia, como si retumbaran los ecos de las mil batallas del antiguo campo, ubicado prácticamente en las mismas coordenadas. Su verticalidad. Su sonoridad. Ese techo que lo mismo arropa a los suyos que acecha a los rivales. El recinto alcanza otro nivel cuando los cerca de 50.000 fieles toman asiento para servir a la causa athleticzale. De monumento arquitectónico a templo, a catedral del fútbol. Una guarida de leones pasa ser cuando saltan los jugadores del Athletic Club. Y para el Girona fue una exigente prueba para saber dónde poner el límite en la clasificación de la Liga. Un examen que los blanc-i-vermells saldaron con un suspenso rotundo que les aleja de la reválida europea. El conjunto catalán no tuvo su personalidad con balón habitual, devorado por la intensidad rojiblanca, y sucumbió al hat trick de Oihan Sancet.

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