El utopismo puritano más hipócrita se ha adueñado del fútbol y de la sociedad entera. No sólo hay que desinfectarlo de instintos y pasiones, también de errores, patinazos y meteduras de pata. Quienes saltan al campo a correr tras el balón han de ser ideales de perfección. Sólo así los demás podremos imantarnos de su exquisita educación y refinado comportamiento. Y en la grada hay que sustituir a los aficionados por hologramas de sí mismos. Espectros sin voz ni aliento para el griterío. Carne y huesos sin sangre.

Seguir leyendo…