Nos encanta agarrar del pescuezo a un tonto útil y lincharlo hasta dejarle hecho una piltrafa, a la espera del siguiente. Mientras lo hacemos liberamos nuestra bilis y, lo que es mejor, no hablamos de nosotros mismos, aunque tengamos todos, cómo no, nuestra parte miserable. Normalmente salgo corriendo cuando alguien dice que su problema es “que soy demasiado buena persona”. Estos son los peores.
Se acabó el circo pero ojalá sirva