El jefe rebelde quería verme y yo sabía qué significaba aquella gravedad en el tono: problemas. Uno de los líderes de la milicia M23, que ha conquistado varias ciudades del este de Congo en las últimas semanas y protagoniza una guerra cruel en el país, se había enterado de que había ido solo a hacer entrevistas a desplazados al norte del lago Kivu, un lugar donde no querían miradas ajenas, y escupía rayos por la boca. Era comprensible: el grupo rebelde ha ordenado el desmantelamiento precipitado de los campos y exigido a la gente que vuelva a sus casas, y la medida ha dejado a decenas de miles de personas desamparadas. La seriedad al otro lado del teléfono auguraba nubarrones.

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