El miedo eran decenas de uniformes militares desperdigados en el suelo. Cuando en enero los rebeldes del M23 invadieron la ciudad de Goma, en el este de RD Congo, los soldados del ejército congolés se deshicieron de sus uniformes, cascos y armas durante su huida en desbandada. Vestidos de civiles, creían, había menos posibilidades de que les descerrajaran un tiro en la sien, así que se desprendieron de cualquier ropa o equipo que pudiera delatarles y, durante semanas, aquellos uniformes y cascos se quedaron tirados en las calles. Con la ciudad bajo el yugo rebelde, nadie quería arriesgarse a recogerlos. Hace unos días, mientras paseaba por una avenida frente al lago Kivu, le eché el ojo a un casco verde abandonado junto a un árbol cerca de mi hotel. Primero traté de ignorarlo, hacer como que no lo veía, pero pronto fue imposible. Se convirtió en una obsesión: era un excelente souvenir de aquellos días de guerra y ­caos en Congo. Sabía que era una locura, probablemente innecesaria y altamente injustificable si algo salía mal, pero urdí un plan con fisuras. Decidí recoger el casco y esconderlo en mi mochila para llevármelo a mi casa en Barcelona. Para conseguirlo, tendría que atravesar la frontera de Congo, controlada por los rebeldes, sortear a la policía de entrada de Ruanda y, por último, esquivar un último registro en el aeropuerto de Kigali. Las probabilidades de que me metiera en un lío eran tan altas como mis ganas de llevarme a casa aquel recuerdo. Mi cabezonería inclinó la balanza.

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