Con doce años estuve a punto de hacerme millonario. O eso creí inocentemente durante unas horas en las que compré casa, coche, vacaciones y regalos caros para toda la familia con la imaginación. Tenía un catorce en la quiniela que había podido sellar gracias a la calderilla que me dispensaba la generosidad de las abuelas. Un catorce era algo muy, muy serio, lo máximo que podía acertarse en aquella época.
Las mujeres y las quinielas