Aquel partido era la final del siglo y yo llevaba unas zapatillas rotas. Había llegado días antes a la aldea de Magadala, en el sur de Mali, sobre una moto destartalada y agarrado como un piojo a la espalda de mi amigo Abdoulayé. Aquel viaje eterno de caminos rotos terminó con una celebración: cuando llegamos de madrugada al pueblo natal de Abdoulayé, un puñado de chozas de adobe y techos de paja, los vecinos sacaron los tambores y nos pusimos a bailar. Al cabo de unos días, me anunciaron la batalla final: el equipo de fútbol de los pueblos de esta parte del valle se enfrentaba al de los de detrás de la colina. Como allí se estilaba el concepto pujoliano de que era del valle quien vivía y trabajaba en sus aldeas, yo técnicamente era seleccionable porque llevaba varias noches en la zona. Enseguida el anuncio de mi fichaje exótico (¡un blanco va a jugar!) corrió como la pólvora y el día del partido rodearon la explanada doscientos millones de personas. Detrás de cada portería había ejércitos de hombres y niños que jaleaban cualquier gambeta, un caño limpio o se desternillaban si alguien tropezaba y mordía el polvo. Aquello era una fiesta.
Un larguero feliz