Sin convicción, ni pasión. Completamente abatidos. Sin el áurea de equipo capaz de ganar a cualquiera del que hace semanas presume Manolo González. Y con muy poco colmillo en las áreas de nuevo. No mordió el Espanyol en El Sadar. No invocó su condición de mágico, ni asomó en él ese espíritu revolucionario que le ha acompañado en este 2025. No mereció tanto premio quizás Osasuna, que ganó por una cuestión más anímica que futbolística. Venció el miedo al Espanyol, que está ya ante una situación límite. Tendrá que ganarse la permanencia en la última jornada contra el Las Palmas, ya descendido. Podría valerle el empate e incluso la derrota, pero ha de ganar para asegurarse lo que hace semanas parecía hecho y hoy es una situación dramática.

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